FICHA TECNICA: Título original: Night of the hunter. Nacionalidad: Estados Unidos. Año de Producción: 1955. Dirección: Cjharles Laughton. Producción: Paul Gregory. Productora: United Artists. Guión: James Agee. Argumento: según la novela de David Grubb. Fotografía: Stanley Cortez. Música: Walter Schumann. Duración: 91 minutos. ByN.
FICHA ARTISTICA: Robert Mitchum (Predicador), Peter Graves (Atracador), Shelley Winters (Viuda), Billy Chapin (Hijo), Lillian Gish (Directora del orfanato), Evelyn Varden (Hija), James Gleason, Don Beddoe, Sally Jane Bruce, Gloria Castillo.
ARGUMENTO: Un atracador, que es perseguido por la policía tras robar un banco, consigue entregar el botín a sus dos hijos pequeños, diciéndoles que por nada del mundo digan a nadie que el dinero está en su poder. Apresado por las fuerzas del orden, el delincuente ingresa en prisión. Allí conocerá a un predicador, sádico asesino de viudas con fortuna, que será su compañero de celda. Por la noche, el desquiciado predicador logra oir al atracador, mientras éste sueña, como rebela el escondite de su botín. Cuando éste último es ajusticiado, el predicador, puesto en libertad tras cumplir su condena, se trasladará hasta el pequeño pueblo donde vive la viuda con sus dos hijos, para intentar sonsacar a estos el lugar donde su padre escondió el botín.
COMENTARIO: Visionar el único film como director de Charles Laughton, hace desear que hubiera dirigido muchísimos más. El guión de James Agee tiene cierta relevancia para las figuras religiosas de los años 80 y el abuso de la fe, pero es la elegante dirección de Laughton la que crea esa gran atmósfera, guiando al espectador y haciéndole olvidar algunos baches y curvas del guión.
Contextualizada en el periodo de la Depresion, y bajo su estela de miseria y necesidad, The Night of the Hunter nos propone un viaje iniciático –protagonizado por dos hermanos, niños- al dolor y a la pérdida. Utilizando la misma coda que el villano de la función lleva impresas –en una imagen referencial del cine- en los nudillos de sus manos, Laughton pasea su nada complaciente discurso por el tamiz de constantes referencias a la dualidad entre el bien y el mal, que, todas ellas, acabarán disipándose en la cruda realidad emocional que espera a los dos niños protagonistas en el desenlace.
Para germinar en imágenes tan arriesgado e imponente discurso, Laughton opta por la filigrana formal, y nos entrega una puesta en escena de lo sombrío de una hechura impactante y bellísima, inolvidable, y que sirve de fiel reflejo visual a la crueldad y sugerencia que en la película se dan cita. La riqueza formal (y genérica: como el mismísimo Hitchcock –con quien, por cierto, el actor siempre se llevó fatal-, Laughton juega a su aire, con total impunidad y con excelsos resultados, a transitar por –o incluso manipular- las diversas teclas genéricas que abraza, desde el drama al terror, utilizándolos nada más que como fuentes del tono muy personal, de la idiosincrasia extraña pero tan bien definida que albergan las imágenes) es el lustroso vehículo de la otra riqueza, la textual, que obedece sutilmente a ese prisma (o contexto) histórico para alentar no pocas y desgarradoras reflexiones sobre el agobiante influjo del dinero en el alma (el engaño, la codicia, la estafa), sobre la instrumentalización de Dios en manos de desaprensivos (no tienen parangón las secuencias que nos muestran en la cerrazón más absoluta del juego de claroscuros el patético misticismo de la Winters, arrodillada a los pies de su verdugo cual de si el mismísimo Mesías se tratara), y relacionado con lo anterior, y más allá, del perfil psicológico de una de las tipologías de personajes que (¿sintomáticamente?) más celebridad han alcanzado en la nación de las barras y estrellas y más popularidad se han labrado en el espectáculo de masas en que se erige el Cine industrial: hablo de nada más ni menos que del psicópata.
FICHA ARTISTICA: Robert Mitchum (Predicador), Peter Graves (Atracador), Shelley Winters (Viuda), Billy Chapin (Hijo), Lillian Gish (Directora del orfanato), Evelyn Varden (Hija), James Gleason, Don Beddoe, Sally Jane Bruce, Gloria Castillo.
ARGUMENTO: Un atracador, que es perseguido por la policía tras robar un banco, consigue entregar el botín a sus dos hijos pequeños, diciéndoles que por nada del mundo digan a nadie que el dinero está en su poder. Apresado por las fuerzas del orden, el delincuente ingresa en prisión. Allí conocerá a un predicador, sádico asesino de viudas con fortuna, que será su compañero de celda. Por la noche, el desquiciado predicador logra oir al atracador, mientras éste sueña, como rebela el escondite de su botín. Cuando éste último es ajusticiado, el predicador, puesto en libertad tras cumplir su condena, se trasladará hasta el pequeño pueblo donde vive la viuda con sus dos hijos, para intentar sonsacar a estos el lugar donde su padre escondió el botín.
COMENTARIO: Visionar el único film como director de Charles Laughton, hace desear que hubiera dirigido muchísimos más. El guión de James Agee tiene cierta relevancia para las figuras religiosas de los años 80 y el abuso de la fe, pero es la elegante dirección de Laughton la que crea esa gran atmósfera, guiando al espectador y haciéndole olvidar algunos baches y curvas del guión.
Contextualizada en el periodo de la Depresion, y bajo su estela de miseria y necesidad, The Night of the Hunter nos propone un viaje iniciático –protagonizado por dos hermanos, niños- al dolor y a la pérdida. Utilizando la misma coda que el villano de la función lleva impresas –en una imagen referencial del cine- en los nudillos de sus manos, Laughton pasea su nada complaciente discurso por el tamiz de constantes referencias a la dualidad entre el bien y el mal, que, todas ellas, acabarán disipándose en la cruda realidad emocional que espera a los dos niños protagonistas en el desenlace.
Para germinar en imágenes tan arriesgado e imponente discurso, Laughton opta por la filigrana formal, y nos entrega una puesta en escena de lo sombrío de una hechura impactante y bellísima, inolvidable, y que sirve de fiel reflejo visual a la crueldad y sugerencia que en la película se dan cita. La riqueza formal (y genérica: como el mismísimo Hitchcock –con quien, por cierto, el actor siempre se llevó fatal-, Laughton juega a su aire, con total impunidad y con excelsos resultados, a transitar por –o incluso manipular- las diversas teclas genéricas que abraza, desde el drama al terror, utilizándolos nada más que como fuentes del tono muy personal, de la idiosincrasia extraña pero tan bien definida que albergan las imágenes) es el lustroso vehículo de la otra riqueza, la textual, que obedece sutilmente a ese prisma (o contexto) histórico para alentar no pocas y desgarradoras reflexiones sobre el agobiante influjo del dinero en el alma (el engaño, la codicia, la estafa), sobre la instrumentalización de Dios en manos de desaprensivos (no tienen parangón las secuencias que nos muestran en la cerrazón más absoluta del juego de claroscuros el patético misticismo de la Winters, arrodillada a los pies de su verdugo cual de si el mismísimo Mesías se tratara), y relacionado con lo anterior, y más allá, del perfil psicológico de una de las tipologías de personajes que (¿sintomáticamente?) más celebridad han alcanzado en la nación de las barras y estrellas y más popularidad se han labrado en el espectáculo de masas en que se erige el Cine industrial: hablo de nada más ni menos que del psicópata.
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